La magia de la homeopatía
La magia de la homeopatía

El médico homeópata Emilio Morales nos cuenta su experiencia personal en el libro «La magia de la homeopatía», que ahora ofrece en formato pdf, gratuito, en su web www.homeopatiasevilla.es.
Texto extraído del Capítulo I del libro «La magia de la homeopatía» de Emilio Morales.
Era yo casi un niño. Una buena tarde, tropecé casualmente con un paciente de mi padre, un joven marinero al que la vida no había deparado demasiadas satisfacciones por lo que jamás desaprovechaba la ocasión de un rato de charla confidencial.
-No se lo vayas a decir a tu padre -me advirtió con esa incongruente pesadumbre de los secretos no deseados-, pero he ido a Sevilla a un “curandero” porque mi úlcera cada vez estaba peor.
Hizo una pausa y me miró fijamente esperando mi asentimiento.
-O sea, que te dolía más.
-Eso es -continuó, animado al comprobar que yo lo entendía-. Bueno, el caso es que el curandero me dio tres bolitas para que me las tomase antes de acostarme.
-¿Tres bolitas?, ¿y de qué eran las tres bolitas? -pregunté interesado.
Al parecer él no se lo había planteado con anterioridad porque se quedó un rato pensándolo. Finalmente dijo un poco contrariado:
-Qué sé yo, estaban dulces.
Como permanecí en silencio, mi amigo continuó su interrumpido relato:
-Bueno, el caso es que, cuando me dio las bolitas me dijo que al principio estaría peor, y no veas los dolores de estómago que tuve al día siguiente, pero al otro día ya estaba bien y llevo estupendamente seis meses. Fíjate -sonrió palpándose el estómago con su enorme mano de pescador- me harto de aguardiente y como si nada.
Puesto que a la sazón yo no había probado el aguardiente, no pude estimar todo el alcance de aquella prueba definitiva.
Durante muchos años guardé en secreto la confidencia del pescador. Me resultaba muy chocante que un enfermo que no había encontrado alivio bajo los cuidados de mi padre lo lograse por cualquier otro medio. El acontecimiento era secreto y al mismo tiempo era inexplicable, así que mi memoria adolescente lo registró como algo misterioso.
El lector ya habrá adivinado que no había ningún curandero sino que se trataba de un médico homeópata. Si mi amigo lo llamó curandero fue tan sólo porque él, al igual que otros muchos, prefirió, de modo tal vez inconsciente, esconder tras ese término -que designa más una invocación que un oficio- todo el significado del que la palabra médico ha terminado por ser desposeída. Si lo llamó curandero, desde su mirada sin malicia, desde el agradecido bienestar de su estómago repleto de aguardiente, fue para que yo supiese que curaba, es decir, que era un verdadero médico.
Años más tarde la fortuna, a propósito de cuyas veleidades vale más no hacer comentario alguno, me deparó la enorme alegría de entrar en el “misterio” de aquella curación e incluso de realizar a mi vez otras semejantes: llegué a ser médico homeópata, y como tal en diversas ocasiones he sido tildado de “curandero”. Y aunque me consta que la intención de los que así me han calificado distaba mucho de la de mi buen pescador, al oírme llamar curandero siempre recuerdo aquel tiempo lejano de la adolescencia en el que la homeopatía se presentó ante mí como un misterio, y sin poder evitarlo me siento feliz. Mucho más feliz, imagino, de lo que desearía mi interlocutor.
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Emilio Morales es Doctor en Medicina. Máster en Homeopatía. Miembro del grupo de investigación «Filosofía aplicada: sujeto, sufrimiento, sociedad» (perteneciente al Plan Andaluz de Investigación. Código: HUM-063). Autor de varios libros y artículos sobre homeopatía. Fundador del Instituto Médico de Estudios Hahnemannianos y de Editorial Mínima.